noche de buenos aires
Siempre en ti fue el placer
compañero del dolor,
la dicha se hermanó a la pena.
Bajo el resplandecer
de tus luces de color,
el aire embriaga y envenena...
tango de Manuel Romero
Siempre en ti fue el placer
compañero del dolor,
la dicha se hermanó a la pena.
Bajo el resplandecer
de tus luces de color,
el aire embriaga y envenena...
tango de Manuel Romero
crear sobre lo creado... sobre lo creado sobre lo cread..
de café literario
espejo de El Hipopótamo
y aves marías
y las margaritas... y las margaritas...
En el avión, a mi lado, iba un sujeto joven con traje azul, corbata amarilla, mandíbula cuadrada y un teléfono móvil a través del que daba órdenes compulsivamente. Eran las ocho de la mañana y antes de que el aparato despegara había sacado de la cama a medio Madrid. No contento con eso, una vez que alcanzamos la altura de crucero comenzó a despertar a Barcelona, adonde nos dirigíamos. Cuando la azafata nos ofreció un café, yo ya estaba hecho polvo, a pesar de haber tomado un Pharmaton Complex antes de ir al aeropuerto. Él, sin embargo, continuaba despertando gente con un entusiasmo que resultaba aterrador.
A las ocho y media, telefoneó a casa y preguntó si su hijo seguía con fiebre. Debieron decirle que sí porque ordenó que le pusieran al pequeño un supositorio y a él un fax (no aclaró si por el mismo sitio) con las instrucciones del médico. Después de esta llamada se quedó mustio y dejó de telefonear. De todos modos permaneció con el aparato en la mano derecha, cerca de las ingles, manoseándolo con el gesto distraído con el que los niños se tocan el sexo recién descubierto. En esto, se dio cuenta de que le miraba y se puso rojo, como si le hubiera sorprendido haciendo algo feo. Me concentré en el periódico, para disimular.
Cuando llegamos a Barcelona y se vio en los pasillos de la terminal volvió a excitarse con la visión de las instalaciones aeroportuarias y recuperó la rigidez vertebral anterior. Antes de alcanzar la salida había realizado tres llamadas amenazadoras comunicando que acababa de aterrizar y que se dirigía al lugar de la reunión. Por mi parte, no llegué a pisar la calle: tomé el primer avión de vuelta y regresé al lado de un ejecutivo catalán que se disponía a conquistar Madrid con un móvil oscuro colocado entre las ingles, a modo de sexo inalámbrico. Cuando llegué a casa, me metí en la cama con una novela y hasta hoy. Están todos locos.
de Juan José Millás
Antes de que hubiera terminado de desenvolver el regalo de cumpleaños, sonó dentro del paquete un timbre, así que adiviné que era un móvil. Lo cogí y oí que mi mujer me felicitaba con una carcajada desde el teléfono del dormitorio. Esa noche, ella quiso que habláramos de la vida: los años que llevábamos juntos y todo eso. Pero se empeñó en que lo hiciéramos por teléfono, de manera que se fue al dormitorio y me llamó desde allí al cuarto de estar, donde permanecía yo con el móvil colocado en la cintura. Cuando acabamos la conversación, fui al dormitorio y la vi sentada en la cama, pensativa. Me dijo que acababa de hablar con su marido por teléfono y que estaba dudando si volver con él. Lo nuestro le producía culpa. Yo soy su único marido, así que interpreté aquello como una provocación sexual e hicimos el amor con la desesperación de dos adúlteros.
Al día siguiente, estaba en la oficina, tomándome el bocadillo de media mañana, cuando sonó el móvil. Era ella, claro. Dijo que prefería confesarme que tenía un amante. Yo le seguí la corriente porque me pareció que aquel juego nos venía bien a los dos, así que le contesté que no se preocupara: habíamos resuelto otras crisis y resolveríamos ésta también. Por la noche, volvimos a hablar por teléfono, como el día anterior, y me contó que dentro de un rato iba a encontrarse con su amante. Aquello me excitó mucho, así que colgué enseguida, fui al dormitorio e hicimos el amor hasta el amanecer.
Toda la semana fue igual. El sábado, por fin, cuando nos encontramos en el dormitorio después de la conversación telefónica habitual, me dijo que me quería pero que tenía que dejarme porque su marido la necesitaba más que yo. Dicho esto, cogió la puerta, se fue, y desde entonces, el móvil no ha vuelto a sonar. Estoy confundido.
(de Juan José Millás)
El tipo que desayunaba a mi lado, en el bar, olvidó un teléfono celular debajo de la barra. Corrí tras él, pero cuando alcancé la calle había desaparecido. Di un par de vueltas con el aparato en la mano por los alrededores y finalmente lo guardé en el bolsillo y me metí en el ómnibus. A la altura de la calle Cartagena comenzó a sonar. Por mi gusto no habría descolgado, pero la gente me miraba, así que lo saqué con naturalidad y atendí la llamada. Una voz de mujer, del otro lado preguntó: "¿Donde estás?" "En el ómnibus", dije. "¿En el ómnibus? ¿Y qué haces en el ómnibus?" "Voy a la oficina". La mujer echó a llorar, como si hubiera dicho algo horrible, y colgó.
Guardé el aparato en el bolsillo de la chaqueta y perdí la mirada en el vacío. A la altura de María de Molina con Velásquez volvió a sonar. Era de nuevo la mujer. Aún lloraba. "Seguirás en el ómnibus ¿no?", dijo con voz incrédula. "Sí", respondí. Imaginé que hablaba desde una cama con las sábanas negras, de seda, y que ella vestía un camisón blanco, con encajes. Al enjugarse las lágrimas, se le deslizó el tirante del hombro derecho, y yo me excité mucho sin que nadie se diera cuenta. Una mujer tosió a mi lado. "¿Con quién estás?", preguntó angustiada. "Con nadie", dije."¿Y esa tos?""Es de una pasajera del ómnibus".Tras unos segundos añadió con voz firma: "Me voy a suicidar, si no me das alguna esperanza me mato ahora mismo". Miré a mi alrededor, todo el mundo estaba pendiente de mí, así que no sabía qué hacer. "Te quiero", dije y colgué.
Dos calles más allá sonó otra vez: "¿Eres tú el imbécil que anda jugando con mi celular?", preguntó una voz masculina. "Sí", dije tragando saliva. "¿Me lo vas a devolver?" "No", respondí. Al poco, lo dejaron sin línea, pero yo lo llevo siempre en el bolsillo por si ella volviera a telefonear.
de Juan José Millás
ni aun la muerte los separa
(momias en el museo historia nat. de La Plata)
el jazz en la calle Florida
más del tire y pegue
cruces de la ciudad
sobre la calle Defensa
BIO
traza la viabilidad de un cardo
pulido de espinas, que amenazan
los labios,
humedales rocosos, sonrojan
a/capara/zones, los cangrejos
idas y contra marchas
de los destinos, si existiese
trunca
la fantasía hermana de la danza -
bio volvió donde vino
nada acepta, que no sea lo mismo
ojalá (nada)
tropiece contigo, oscura
ya no cubierta, no cámara, no lógica
limpia de caries,
fantasma de los rosedales.
paseo de artesanos, un domingo soleado
siga la flecha, trans-eunte
la otra cara en busca de La Estrella
el mon-o-yoismo
habitaba la ciudad
ya tuve que ir obligado a misa, ya toqué en el piano "Para Elisa"
ya aprendí a falsear mi sonrisa, ya caminé por la cornisa
ya cambié de lugar mi cama, ya hice comedia, ya hice drama
fui concreto y me fui por las ramas, ya me hice el bueno y tuve mala fama
ya fui ético y fui errático, ya fui escéptico y fui fanático
ya fui abúlico y fui metódico, ya fui púdico fui caótico
ya leí Arthur Conan Doyle, ya me pasé de nafta a gasoil
ya leí a Breton y a Molière, ya dormí en colchón y en sommier
ya me cambié el pelo de color, ya estuve en contra y estuve a favor
lo que me daba placer ahora me da dolor, ya estuve al otro lado del mostrador
y oigo una voz que dice sin razón,
vos siempre cambiando ya no cambias más
y yo estoy cada vez más igual,
ya no sé que hacer conmigo
ya me ahogué en un vaso de agua, ya planté café en Nicaragua
ya me fui a probar suerte a USA, ya jugué a la ruleta rusa
ya creí en los marcianos, ya fui ovo-lacto vegetariano, sano
fui quieto y fui gitano, ya estuve tranqui y estuve hasta las manos
hice un curso de mitología pero de mí los dioses se reían
orfebrería la salvé raspando, y ritmología aquí la estoy aplicando
ya probé, ya fumé, ya tomé, ya dejé, ya firmé, ya viajé, ya pegué, ya sufrí, ya eludí, ya huí, ya asumí, ya me fui, ya volví, ya fingí, ya mentí
y entre tantas falsedades, muchas de mis mentiras ya son verdades
hice facil las adversidades, y me compliqué en las nimiedades
y oigo una voz que dice con razón
vos siempre cambiando ya no cambias más
y yo estoy cada vez más igual
ya no sé que hacer conmigo
ya me hice un lifting, me puse un piercing, fui a ver al Dream Team y no hubo feeling
me tatué al Ché en una nalga, arriba de mami para que no se salga
ya me reí y me importó un bledo, de cosas y gente que ahora me dan miedo
ayuné por causas al pedo, ya me empaché con pollo al spiedo
ya fui al psicólogo, fui al teólogo, fui al astrólogo, fui al enólogo
ya fui alcohólico y fui lambeta, ya fui anónimo y ya hice dieta
ya lancé piedras y escupitajos, al lugar donde ahora trabajo
y mi legajo cuenta a destajo, que me porté bien y que armé relajo
y oigo una voz que dice sin razón
vos siempre cambiando ya no cambias más
y yo estoy cada vez más igual
ya no sé que hacer conmigo
del Cuarteto de Nos, de su CD "RARO"
para escucharlo